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Mi hermano y Denia

Mi hermano y Denia
No existía un protocolo diario para el disfrute de las vacaciones. En el Hotel Los Ángeles, la agenda de actividades se fijaba cada mañana en la terraza, a la hora del desayuno, o mientras mi madre iniciaba el ritual de colocar la toalla, el periódico y la crema protectora en la tumbona.
Mi hermano era de ideas fijas para todo y en el tema del buceo resultaba hasta cierto punto obsesivo. El primer día de vacaciones no perdonaba la  inspección submarina frente al hotel. Nadaba con gafas y tubo unos 300 metros hacia el interior del mar y después era capaz de recorrer un kilómetro de norte a sur, en paralelo a la playa. “He visto sargos, lubinas, pulpos, una morena y restos de un pecio”, nos relataba al regreso ante el enfado de mi sufrido padre, que se ponía nervioso cuando se hacía la hora de comer y aquel Jacques Cousteu de la meseta aparecía con la cara marcada por la goma elástica de las gafas.
Fue mi hermano mayor quien, con el paso de los veranos, me enseñó a amar el mar de Dénia. Fueron sus aventuras con otros amigos de la playa las que me hicieron soñar en aquellas noches de olas, de farolillos en los balcones y ruido de dados y parchís. También me transmitió parte de su descaro con el que encontré los primeros besos  furtivos en la arena (con aquel compañero de las clases de tenis que se hospedaba en el ático). Por no hablar de los sabrosos helados que pedía a escondidas, con la paga de los abuelos, y que a modo de trofeo paseábamos orgullosos ante nuestros progenitores.

Caía la noche sobre el Hotel Los Ángeles y nos esperaban nuevas aventuras.

Y así, cada día, volvíamos a despertar ante un Mediterráneo de plata y una luz cegadora de felicidad. Entonces, aquel joven atleta, me golpeaba con suavidad en la cabeza con el tubo. Y me  aleccionaba con una mezcla de cariño y superioridad: “Hermanita, si no madrugas nunca serás una sirena”. Y yo fingía estar enfurruñada pero la complicidad nos reconciliaba para tramar nuevas aventuras. Los dos sabíamos que nos esperaba un día prometedor. La vida empezaba de cero, otra vez.

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